El químico Hofmann descubre los efectos de la LSD tras una ingestión accidental en 1943
El químico suizo Albert Hofmann descubrió los efectos de la dietilamida de ácido lisérgico (LSD) de forma accidental el 16 de abril de 1943 en Basilea. Tres días después, una dosis auto administrada le provocó una experiencia terrorífica durante un viaje en bicicleta a casa. Esta sustancia, que él llamaría su «hijo problema», cambiaría su percepción de la realidad.
Un hallazgo fortuito en el laboratorio
Hofmann, de 37 años, sintetizó el compuesto mientras investigaba derivados del cornezuelo de centeno para aplicaciones médicas. Sin planearlo, absorbió una pequeña cantidad a través de la piel y experimentó un estado onírico. Para verificar el efecto, decidió tomar 0.25 miligramos el lunes 19 de abril, una dosis que resultó ser extremadamente potente.
El primer «viaje» y el Día de la Bicicleta
Tras ingerir la sustancia, Hofmann comenzó a sentirse mal y viajó en bicicleta a su casa. Durante el trayecto, su percepción se distorsionó. Al llegar, la realidad parecía desintegrarse: los objetos cambiaban de forma y color, y una vecina que le llevó leche le pareció una bruja. La experiencia, que duró seis horas, es conmemorada anualmente como el «Bicycle Day».
De la psiquiatría a la contracultura
Hofmann informó a su empresa, Sandoz, que distribuyó el LSD experimental (Delysid) a hospitales psiquiátricos. La Agencia Central de Inteligencia (CIA) estadounidense inició el programa secreto MK-Ultra para investigar sus posibles usos. Posteriormente, figuras como Ken Kesey y Timothy Leary popularizaron su uso recreativo, impulsando la contracultura de los años 60.
La preocupación del creador y la prohibición
Hofmann advirtió desde el principio sobre los peligros del uso no controlado. En 1963, desaconsejó a Sandoz que suministrara 100 gramos a Leary. En 1971, la Convención de las Naciones Unidas (ONU) sobre Sustancias Psicotrópicas la sometió a control internacional. Hoy, el LSD es ilegal en casi todo el mundo y se clasifica junto a drogas como la cocaína y la heroína.
El legado de un «hijo problema»
Hofmann mantuvo que la sustancia no era mala en sí misma, sino que su peligro radicaba en un uso irrespetuoso. Creía que, usado correctamente en contextos médicos o de meditación, podría convertirse en un «hijo maravilla». Su experiencia le llevó a concluir que la realidad no es fija, sino ambigua, y que existen otras dimensiones de la percepción.